miércoles, 20 de marzo de 2013

Papa Francisco

Cuando el pasado 11 de febrero el hoy Papa emérito, Benedicto XVI, anunció su renuncia a seguir como santísimo pontífice, todo el mundo se quedó sorprendido. Acostumbrados los españoles, al menos, a ver cómo los políticos se agarran a su puesto a pesar que muchos están en procesos judiciales por corrupción, el reconocimiento de un Papa a no poder continuar con su puesto, suponía una verdadera lección para muchos mandatarios. Una vez recuperados de la sorpresa, la incógnita que se presentaba, era quién iba a sustituirle. Después de un largo papado como el de Juan Pablo II que en 1978 supuso un aire fresco para la Iglesia y también para el mundo, ya que debido a su procedencia, detrás del entonces telón de acero, simbolizaba la esperanza, que se materializó principalmente, para todos aquellos países que en 1989 salieron de una larga pesadilla sumidos desde la Segunda Guerra Mundial. El que fue obispo de Cracovia decidió estar en la silla de Pedro hasta el final, no le importó que todo el mundo viera su gran deterioro físico, y es que un hombre que sufrió el nazismo y el comunismo en sus propias carnes, y que ya se había hecho al sufrimiento, vio como normal aguantar su enfermedad mientras ejercía los últimos años de su pontificado. A la muerte del hoy beato Juan Pablo II, la Iglesia viajó a Alemania para elegir un nuevo Papa, el cardenal Joseph Ratzinger, sin embargo no se encontraba en su país natal sino en la propia Roma pues fue nombrado prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y posteriormente decano del Colegio Cardenalicio. Su papado que duró casí ocho años, fue el de la Fe y no fue de transición como muchos vaticinaban. Tras una salida humilde y muy emocionante del Vaticano rumbo a la residencia papal de Castelgandolfo, antes de encerrarse definitivamente en un convento situado dentro del recinto del Vaticano, el turno era para un nuevo cónclave. Y ni los más expertos acertaron en sus quinielas, tras la fumata blanca, un hombre vestido de blanco y muy serio aparecía ante la plaza de San Pedro. Muy desconocido para muchos, se metía en el bolsillo a muchos católicos tras el pronunciamiento de sus propias palabras. Tras bromear sobre su nombramiento con una franca sonrisa, puso a toda la plaza de San Pedro a rezar. Era marzo de 2013 y la Iglesia, a través del Espíritu Santo, volvía a sorprender al mundo. Nombraba por primera vez un papa procedente de Hispanoamérica y ordenado sacerdote por los Jesuitas. Jorge Mario Bergoglio optaba por llamarse Francisco, para acordarse siempre de los pobres y es que su pontificado será el de la caridad.

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